
Hay un par de factores que no necesariamente trabajan a favor de un concierto de Deep Purple. En primer lugar el hecho de que ya han tocado varias veces en México. Esto pasa de vez en cuando con las bandas veteranas, cuando vienen por tercera o cuarta vez los fans ya no están tan erizos –por decirlo coloquialmente– de su música. No están tan sedientos y la recepción claro que es buena, pero no es tanta o tan desesperada la euforia por verles. Y menos habiendo tantos testimonios de su actuación, ya que hay más de diez discos en vivo; en Japón, Dinamarca, Suecia, Londres, sólo por mencionar algunos.
Por otro lado, para esta visita de febrero ‘08, la productora que los trajo optó por un lugar no sólo inadecuado, sino francamente malo. La Plaza de Toros no sólo fue demasiado grande sino que por su arquitectura e ingeniería nos quedó a deber un mejor audio (o al menos volumen) a todos los que estábamos en la parte alta, en las gradas. Sin embargo, lo más importante es la música en si. ¿Deep Purple está a la altura?
Sin duda alguna sí. Es un grupo veteranísimo con más de 100 millones de copias vendidas. No pueden quedar mal. Han atravesado una infinidad de cambios de alineación al punto de que el único integrante que ha permanecido desde el principio es el baterista Ian Paice. Por otro lado está el vocalista Ian Gillian que salió y entro de la banda en los ’70s y los ’80s, para quedarse definitivamente en 1992. Roger Glover, el bajista que también dejara la banda durante más de 10 años entró para quedarse en 1984; Steve Morse ha sido la guitarra desde 1994 y la más reciente adición siendo Don Airey en los teclados, desde 2002.
Estos últimos dos se llevan las palmas. Steve Morse y Don Airey son sin duda los de mayor condición, aunque tienen una sección rítmica de buen bajo y batería —sólida y potente en el fondo— y un vocalista incitando a la audiencia a levantarse; el virtuosismo de ellos es mucho mayor. Mientras que los solos de guitarra de Morse lucían increíblemente, tapping imparable que puede hacer solos de 10 minutos pasando por extractos de rolas de Jimi Hendrix y Black Sabbath. Pasa similar con el tecladista Airey, con su órgano mostrando su entrenamiento clásico, dando un popurrí que navega por todo tipo de rolas como el tema de Star Wars, la cucaracha o el jarabe tapatío. Ambos derrochando infinita virtud técnica sólo porque pueden.
La audiencia queda de lo más impresionada ante tal talento. Pero las más coreadas son las clásicas, como “Highway Star” y la que fuera todo un himno omnipresente en el pasado y aún vigente en estos días “Smoke On The Water”. En todos sentidos la banda cumple aunque su actuación sea de tan sólo hora y media. Si acaso queda a deber un poco Gillian, que no se si fue problema del volumen pero su canto sonaba débil, sin tener un falsete tan impresionante como antes, no necesariamente tan vigoroso como el conjunto instrumentalmente. Pero nadie le quita su rol como una parte clave de la banda durante los últimos casi 15 años.
¿Pero los fans? Saben a lo que van y Deep Purple no les pudo fallar. Talvez la euforia sea menor después de tantas presentaciones. Pero el cariño que tiene su público por una banda clásica hace olvidar tantos cambios de alineación y simplemente invocan un profundo respeto por un grupo tan pionero e influyente del hard rock.
Videos captados por la audiencia:










¿Qué son las gradas?
No es cierto, si se pierde la euforia inicial cuando traen tantas veces aun grupo.
O cuando la gente ya sabe que onda, ya no llenan los estadios, me escuchas Rod.
Las gradas son la parte alta, metros y metros de distancia del escenario.
En cuanto a lo de la euforia, creo que estamos en el mismo canal, escribí “pero no es tanta o tan desesperada la euforia por verles” y “Talvez la euforia sea menor después de tantas presentaciones”.
Siempre la primera vez es como mágica y se respira algo muy especial.