Durante los últimos días no ha ocurrido gran cosa, pero algo bueno en el mundo del rock & roll se debe estar cocinando para mí y los que me rodean: la mezcla del EP de Mami Yasbeck por fin se terminó, hay algunas presentaciones por confirmarse y, después de alrededor de 6 años, he vuelto a tomar clases de batería que he aprovechado gracias al tiempo libre no planeado del que ahora dispongo, así como a mi reconciliación con el metrónomo.
Se me dificulta pensar que menos de un mes, mi visión de todo era bastante pesimista, y ahí estaba, en un hotel de nuestra enorme ciudad, dejando pasar el tiempo para charlar con un colombiano mientras me compadecía de adolescentes con actitud groupiesca que esperaban a una banda tapatía que ha perdido la credibilidad rockera -no lo aseguro yo, es que así es como veo las cosas-. Ellas estaban al igual que yo en el lobby, yo leía y ellas miraban alrededor, eran 2 ó 3 y se les veía casi recién bañaditas y peinaditas, seguro usaban sus mejores atuendos. Pasaba una hora y alguien del staff las saludaba, se hacían las casuales y aseguraban ir al concierto de esa noche, otra hora después uno de los integrantes borrosos del grupo les preguntaba qué les había parecido la presentación anterior y trataban de argumentar lo grandiosa que estuvo mientras lo miraban sin parpadear. Sentí feo, por un lado me creí vulnerable de caer en una situación así, cosa que nunca ha pasado -o al menos no a tal grado- y por el otro agradecí que mis ocupaciones no me han permitido llegar a tal extremo. La neta la neta, estaba tan al pendiente de lo que ocurría a nuestro alrededor que mi lectura pasó a segundo plano, aunque sí se me quedó grabada una cita:
“Las estrellas de rock, por fortuna, también tienen un pasado de seres anónimos, de simples números, de personas. Alguna vez les tocó hacer cola, viajar en metro y autobús, ir al súper, lavar la ropa y padecer otras tantas servidumbres, tan poco sublimes, de la vida moderna. De hecho, a la imposible aspiración de ser sublime sin interrupción jugó mucho tiempo después” *
Aunque mi afición a aprender una lengua con alfabeto no latino y mi emoción-intriga por la llegada de la primavera me hagan sentir juvenil, no cabe duda que a pesar de los after shows y el haberme devorado cine musical recién salido del horno (Control y I’m Not There), tengo mis momentos de ociosidad en los que me convenzo de que la tumba de Jim Morrison no es el mayor atractivo de París, y otros en los que el tener asiento en un concierto y no pagar por él son suficiente motivo para asistir -sin gritar, ni cantar, ni pararme, sólo ir y asentir-. Tal vez sólo estoy en una etapa de “reestructuración”, la peor palabra que he escuchado últimamente. Ya veremos qué pasa después del equinoccio.
* Sabina, Joaquín, En carne viva, pág. 272









